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Decir que el Mercado Común del Sur (Mercosur) no está pasando por su mejor momento, no es novedad para nadie. El bloque constituido el 26 de marzo de 1991 tenía como objetivo principal conformar un mercado común (libre circulación entre bienes, servicios y factores productivos entre sus miembros; establecer un arancel externo común; coordinar políticas macroeconómicas y sectoriales entre los Estados y armonizar sus legislaciones en distintas áreas) para el 31 de diciembre de 1994. Es decir, pretendía en cuatro años lograr lo que a Europa le llevó más de cuarenta años. A pesar de esta descomunal meta, los primeros resultados en materia comercial fueron alentadores, aumentando el comercio intrazona. La crisis del real en 1999 fue el primer tropezón importante del bloque, y los sucesos del nuevo siglo no fueron mejores. El pasaje de un bloque más político que económico-comercial, sumado a incumplimientos entre los socios de lo surgido en los acuerdos (no internalización de normas, imposición de barreras no arancelarias, perforaciones del arancel externo común, por ejemplo) terminó de corromper su espíritu original. A lo largos de los últimos años, algunos socios han expresado su deseo tomar acciones que devuelvan al foro regional a la senda inicial, permitiendo que el Mercosur sea una auténtica plataforma de sus productos hacia el resto del mundo. La última cumbre presidencial, en razón del 30º aniversario del Tratado de Asunción, reflejó las visiones antagónicas de esta flexibilización del bloque, al punto de que se protagonizó un cruce desafortunado entre el presidente argentino (y pro témpore del bloque) Alberto Fernández y el presidente uruguayo Luis Lacalle Pou.

En la mencionada cumbre, que por razones sanitarias debió llevarse a cabo de forma virtual y no presencial como se había pensado originalmente, participaron los cuatro jefes de Estado de los socios fundadores, más los de Bolivia (en proceso de adhesión) y Chile (país asociado). En esta, los discursos marcaron las diferencias de fondo entre los cuatro socios a la hora de evaluar tanto el bloque como su futuro. Por un lado, el Presidente argentino mostró una actitud conforme a lo logrado por el proceso de integración en sus años de vida, sin mencionar los obstáculos que hubo. Planteó su discrepancia a la baja del arancel externo común planteado por Brasil y en permitir las negociaciones bilaterales de socios por fuera del bloque. A su vez, insistió en aceptar a Bolivia como Estado miembro y propuso crear nuevos observatorios en asuntos en que algunos socios no parecen tener posicionamientos comunes (como medio ambiente, por ejemplo).

Por otra parte, los discursos de Bolsonaro, Abdo Benítez y Lacalle Pou coincidieron entre sí en estimar necesario “flexibilizar” el foro regional, en contraposición con la visión argentina. Mientras el Presidente norteño expuso una visión pragmática sobre la situación actual del Mercosur, insistió en la rebaja del arancel externo común (que duplica la media internacional) y planteó también la necesidad de acelerar las negociaciones externas para insertarse en las cadenas globales de valor. También no titubeó al decir que el mecanismo del consenso un puede servir como método de veto para avanzar en la agenda interna y externa (como ha hecho argentina en el último año). En cuanto a Abdo Benítez, si bien planteó la conveniencia de seguir negociando conjuntamente, a diferencia de Fernández y en coincidencia con el resto de los miembros, entendió que se debe ser más efectivo en las negociaciones externas. Finalmente, Lacalle Pou fue el más directo de los tres, al decir: «Lo que no puede ser ni debe ser (el Mercosur) es un lastre. No estamos dispuestos a que sea una corset en el cual nuestro país no se puede mover, y por eso hemos hablado con todos los presidentes de la flexibilización. Uruguay necesita avanzar, nuestro pueblo nos exige avanzar en el concierto internacional». Recordemos que el mandatario uruguayo mantuvo reuniones bilaterales con los otros tres presidentes, en donde les planteó su visión en cuanto a la flexibilización. El presidente oriental piensa en su comercio bilateral con China (su mayor socio comercial) y en la posibilidad de incrementar su volumen de exportaciones locales si articula acuerdos estratégicos con otros países y bloques extrazona. En este sentido, es menester resaltar que, hasta la fecha, el bloque no cuenta con acuerdos vigentes con ninguna de las principales economías a nivel mundial (no tiene acuerdos con Estados Unidos, China, Japón, Corea del Sur, entre tantos otros países), sumado a que está en duda la ratificación del acuerdo con la Unión Europea (el cual requerirá negociaciones adicionales).

De esta manera, ambas posiciones (la argentina, por un lado, y la del resto de los Estados miembros, por el otro) se mostraron antagónicas. Tal fue esto que en estas semanas las cancillerías buscaban cerrar la cumbre con una declaración conjunta, lo que no fue posible por la falta de acuerdo en cómo introducir en la misma el concepto de flexibilización.

El momento de mayor tensión y polémica se dio en el discurso de cierre de la cumbre. El presidente Fernández violó el protocolo y utilizó el espacio (el que generalmente se usa para cerrar la cumbre con un saludo cordial y amistoso), para responderle directamente a su par uruguayo por su expresión de que el Mercosur no podía actuar como un lastre. “Si nos hemos convertido en una carga, lo lamento. No queríamos ser una carga para nadie. Una carga es algo que hace que a uno lo tiren de un barco y lo más fácil es bajarse del barco si la carga pesa mucho”. Y cerró agregando: “Terminemos con esas ideas que ayudan tan poco a la unidad. No queremos ser lastre de nadie, si somos un lastre, que tomen otro barco, pero lastre no somos de nadie. Para mí es un honor ser parte del Mercosur”. Sin dudas, un episodio que quedará grabado a fuego en la historia del bloque.

Ahora, deberán limarse asperezas de cara a la reunión del 22 de abril del Consejo del Mercado Común. Allí se abordará la reforma del arancel externo común y la flexibilización del Mercosur a la hora de negociar con terceras economías. Si en el corto y mediano plazo no se logra una mejor sintonía y acercamiento entre las distintas posiciones, se corre grave peligro de que el bloque llegue a un callejón sin salida; quedando así al borde de la extinción.

Fuente: El País Uy / Infobae