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A pesar de lo difícil que parece imaginar que un Estado tan pequeño pueda fragmentarse aún más, Liechtenstein reconoce a nivel constitucional la autodeterminación de sus municipios, así como una interesante autonomía para la gestión desde el nivel municipal que han llevado al Principado a ser un modelo en economía y calidad de vida.

El Principado de Liechtenstein es uno de los 6 microestados que se encuentran en el continente europeo. De tan sólo 160 kilómetros cuadrados de superficie, sin salida al mar y ubicado entre Suiza y Austria, ha sobrevivido de forma totalmente soberana durante más de 200 años. A su vez, durante el último siglo de dominio del Sacro Imperio Romano, el territorio gozó de gran autonomía, por lo que su historia como nación proviene más allá de 1806 -año en el cual el territorio se declaró independiente-, más concretamente en los años 1699 y 1712, cuando el príncipe Johann Adam Andreas von Liechtenstein adquiere el señorío de Schellenberg y condado de Vaduz, y solicita su ingreso en la Dieta del Sacro Imperio. Finalmente, en 1719, el Emperador Carlos VI ordena la unión de los territorios y la conformación del Principado de Liechtenstein, en honor al príncipe Florián de Liechtenstein. 

Castillo de Vaduz

El otorgamiento por parte del Emperador del título de Principado marca el comienzo de un autogobierno que se consolidaría en soberanía total cuando en 1806, Francia invade con éxito el Sacro Imperio, el Emperador abdica y se disuelve el imperio. Tras esta disolución, Liechtenstein adquiere su soberanía definitiva de cualquier poder extranjero, situación que se ha mantenido hasta estos días, a pesar de haberse visto amenazada en alguna ocasión.

Una de ellas fue tras la Primera Guerra Mundial. Hasta ese entonces, y a pesar de su independencia, el Principado dependía fuertemente del Imperio Austrohúngaro, sobre todo en materia de defensa, comercio y moneda. Sin embargo, finalizado el conflicto mundial, el imperio se disuelve y su vecino Austria se encontraba en una situación política y económica compleja, por lo que el Principado se vio obligado a buscar un nuevo socio. Es allí cuando nacen los acuerdos con Suiza, que en su gran mayoría continúan vigentes hoy en día. De dicho acuerdo se resalta la adopción del Franco Suizo por parte de Liechtenstein, una unión aduanera y el compromiso suizo de encargarse de las labores de Defensa en el principado.

A pesar de este acercamiento a Suiza, las amenazas a la soberanía del país continuaron apareciendo. Cuando Alemania invade Austria en 1938, el territorio temió ser anexado también por las tropas de Hitler, por lo que inició actividades colaborativas con las fuerzas del Eje -fundamentalmente en materia económica-financiera-, con el fin de mantener su independencia, hecho que logró finalmente conseguir sin demasiadas dificultades.

Boom Económico y éxito político

Tras la Segunda Guerra Mundial, Liechtenstein experimentó, a la par de buena parte del continente europeo, un período importante de estancamiento económico, hasta el punto de que, en la década de 1960, la Familia Real tuvo que desprenderse de buena parte de su patrimonio -incluidas obras de arte de como ‘La Ginebra de Benci’ de Da Vinci, que había pertenecido a la familia casi tres siglos- con el objetivo de paliar la crisis y cubrir los costos de la recuperación económica.

Como consecuencia de lo vivido en los años sesenta, la Jefatura del Estado optó por dar un giro en materia económica, pasando a inclinarse por una doctrina más liberal, apostando por una apertura al mercado internacional más pronunciada, apostado al desarrollo del sector privado y concretando una verdadera revolución fiscal, que llevó a país a convertirse en uno de los paraísos fiscales de referencia en Europa en menos de una década.

Estas medidas económicas generaron que el país no parara de crecer, incluso hasta estos días. El PBI per cápita, que a principios de 1980 era de 20.000 dólares, a principio de los noventa se duplicó, pasando a ser de más de 40.000. Lo mismo ocurrió en la siguiente década, y así hasta estas fechas, donde ya alcanza los 170.000 dólares. Algo similar ha ocurrido con el desempleo, que en los últimos 5 años ha alcanzado un mínimo histórico, ubicándose por debajo del 3 por ciento -actualmente ronda el 2,3 por ciento-.


Aumento del PBI per cápita de Liechtenstein del período 1975-2010

También, gracias a la apertura económica experimentada a partir de los años setenta, la economía del país se diversificó considerablemente, siendo otro factor del éxito actual. A diferencia de la creencia habitual de que el país subsiste por el sistema financiero, dicho sector representa el 24% del PIB y el 16% del mercado laboral, mientras que otros sectores como el industrial o de servicios no financieros representa el 37% y 27% del PIB respectivamente. Que el sector industrial lidere la lista de ingresos al país se debe a que, en las últimas décadas, Liechtenstein se ha convertido en un lugar bastante atractivo para sectores industriales altamente especializados. Algunos ejemplos incluyen a empresas como Hilti, líder mundial en materia de producción de herramientas eléctricas o Ivoclar, una de las grandes productoras de productos dentales.

Finalmente, otra medida que repercutió fuertemente tanto en economía como en la política y administración del país fue la doctrina de descentralización, en la que se ha ido profundizando a los largos de diversas reformas constitucionales -la última en 2003-. Estas reformas le han otorgado una gran cantidad de competencias a los once municipios que integran el Principado. Por ejemplo, cada municipio tiene potestades impositivas que abarcan casi la totalidad de los tributos que percibe el Estado. Por ejemplo, el Impuesto a la Renta posee un tipo nacional del 1,2%, pero el nivel promedio del impuesto ronda el 17,8%, por lo que la gran mayoría del impuesto es recaudado por los municipios.

En materia política, estos municipios pueden aprobar una gran cantidad de leyes propias, así como un sistema de participación directa muy desarrollado, donde la población puede impulsar la realización de referendos de diversas índoles recolectando un mínimo de firmas equivalente al 5% de los habilitados para votar en el municipio. Desde promover nuevas leyes o vetar legislación aprobada por los gobernantes. Esto mismo ocurre a nivel nacional, aunque con diversos matices, ya que se requiere un número mayor de firmas, y a su vez, el Príncipe tiene potestad de veto, por lo que puede anular la celebración de un referéndum a pesar de que este haya conseguido cumplir con todos los requisitos para su celebración, un poder significativo en favor del monarca, casi en extinción en las restantes monarquías del mundo, sobre todo las europeas. Solamente hay dos tipos de referendos nacionales que “Su Alteza Serena” no puede vetar: un referéndum para despedir al actual Príncipe y nombrar uno nuevo -recurso añadido en la última reforma constitucional por voluntad expresa del actual monarca Hans-Adams II, que incluso salió a recorrer las calles del país recolectando firmas para dicha enmienda- y un referéndum para la abolición de la monarquía. Tampoco puede vetar referendos municipales, incluso aquellos de autodeterminación, donde un municipio puede optar por abandonar la nación.


Su “Serenísima Alteza” Príncipe Hans-Adams II celebrando el aniversario 300° formación del Principado

Derecho a la Autodeterminación

A pesar de lo difícil que parece imaginar que un Estado tan pequeño pueda fragmentarse aún más, Liechtenstein, junto con Etiopía y San Cristóbal y Nieves, son las únicas naciones del mundo que avalan el derecho de autodeterminación de forma constitucional. Para el caso de Liechtenstein, se concede la posibilidad a cada uno de sus municipios de celebrar un referéndum para abandonar el Principado, una situación bastante curiosa ya que hay municipios que a penas llegan a los 600 habitantes, pero sin embargo podría separarse del país y ser incluso, independientes.

Este derecho fue recogido en la Constitución en el año 1992, impulsado también por el propio Principe Hans Adams II. El monarca ha admitido que esa idea le surgió en su juventud, cuando estuvo realizando prácticas en el Banco exterior de España, en su sede de San Sebastián, en el País Vasco. En aquella época fue cuando empezó a recobrar fuerza el reclamo de varios sectores de la sociedad vasca de poseer mayor autonomía, e incluso en algunos casos, la posibilidad de independizarse de España. El Príncipe entendió de aquella experiencia que era necesario que cada comunidad integrante del Estado gozara de suficiente autonomía y de diversas herramientas para decidir sobre su futuro, incluso aunque ese futuro sea el de abandonar el proyecto conjunto de la nación. Por lo tanto, si los vecinos alcanzan el número requerido de firmas, se podrá llevar a cabo dicho referéndum, y en caso de que se alcance la mayoría, se hará efectiva su separación del Estado Central, siendo reconocida inmediatamente su independencia.

A pesar de la existencia de este recurso constitucional, la realidad es que desde 1992 hasta la fecha, no se ha celebrado ningún referéndum de estas características, incluso ni siquiera se ha iniciado una campaña para recolectar firmas para ello. Algunos plantean que esto no ha sucedido por la inviable posibilidad de subsistencia que podría tener alguno de los once municipios siendo un Estado independientes, aunque muchos creen que el hecho de que no se haya llegado a este punto tiene más que ver con la conformidad que sienten los habitantes de este diminuto Principado con el desarrollo y la gestión del país, así como con la libertad, el respeto y la consideración que se tiene por la opinión de la ciudadanía en general.

Lo cierto es que Liechtenstein continúa unido como nación hasta la fecha, y a pesar de ser más pequeño que un barrio de cualquier capital europea, goza de un nivel de prosperidad, calidad de vida y libertad individual envidiable, no solamente para la mayor parte de Europa, sino para el mundo en general.