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La Guerra de Corea y su persistencia

Los conflictos bélicos han sido desde siempre una parte relevante y de imperiosa consideración en la historia de la humanidad. Por un lado, persiste la necesidad de mantener a flote el recuerdo de tales acontecimientos y sus consecuencias, aunque también sucede que muchas veces estos hechos permanecen hasta cierto punto en una especie de olvido dentro del inconsciente colectivo en general.

En cuanto a este último punto en particular, es posible afirmar sin temor a equivocarse que pese a lo conocida que resulta la Guerra Fría en términos generales, ya sea por la proximidad temporal o por sus consecuencias aun latentes, los conflictos que le dieron forma no parecen contar con tal reconocimiento en todos los casos. Esto se distingue en la Guerra de Corea, una de las primeras manifestaciones de la tensión mundial, resultante a su vez, del escenario internacional producto de la ascensión de dos potencias mundiales que dividieron al mundo tras la Segunda Guerra Mundial; los EE. UU y la Unión Soviética.

Esta situación provocó el surgimiento de conflictos localizados en distintos puntos de relevancia estratégica, donde ambas potencias se disputaban indirectamente la hegemonía, y con la capitulación de Japón en 1945 que dio por terminada la Segunda Guerra Mundial, Corea se volvió un foco de tensión internacional, que posteriormente presenciaría una escalada conflictiva de preocupantes proporciones, estallando en forma beligerante desde 1950 hasta 1953.

Habiéndose encontrado desde 1910 bajo el dominio del Imperio de Japón, Corea pasó de ser una zona de conflictos entablados entre distintas potencias regionales como Japón, China y Rusia[1], a cobrar relevancia internacional con la Guerra Fría y sus consiguientes hostilidades. Esto se tradujo, en la eventual ocupación de Corea, lo que en los hechos dividía efectivamente el territorio antes unificado en dos entidades políticas, posteriormente consolidadas en 1948 como la República Popular Democrática de Corea, un Estado comunista formado con apoyo de la URSS al norte del paralelo 38 y la República de Corea, un régimen democrático de orden capitalista al sur.

La conformación de ambos estados reflejó brechas insalvables, si bien hubo tentativas de acordar una unificación, las disidencias suscitadas entre la administración soviética y la estadounidense en cuanto al criterio de formación de tal Estado amén de desacuerdos relativos a la legitimidad de las elecciones realizadas, tornaron inviable la loable propuesta de unificación en medio de una coyuntura sumamente hostil.

Esto se intensificó de cierto modo teniendo en cuenta que los mandatarios designados a ambos lados de la frontera, además de llegar al poder por medios fraudulentos o autoritarios, no tenían intención alguna de cooperar. Tanto Kim Il-Sung al norte como Syngman Rhee al sur recurrieron a medidas más bien despóticas para tratar la situación puertas adentro y pese a las medidas conciliatorias llevadas a cabo, la situación se volvía cada vez más tirante.

Fue entonces cuando la polarización de la región se hizo manifiesta, a pesar de que a ambos lados los nuevos gobiernos reclamaban por derecho la posesión de la totalidad del territorio de la península bajo su autoridad, la realidad parecía indicar que ninguno estaba en condiciones materiales de controlarlo, pero tras algunas escaramuzas de cierta intensidad en la zona fronteriza, las hostilidades escalaron y la guerra se volvió inminente. Es en este momento cuando Corea del Norte decide atravesar el paralelo 38 e invadir Corea del Sur, dando inicio a la contienda el 25 de junio del año 1950.

El estallido bélico se explica teniendo en cuenta, entre otros aspectos, que Kim Il-Sung era consciente de la situación militar al otro lado de la frontera; pese a contar con el apoyo estadounidense, las tropas surcoreanas no estaban en condiciones de ofrecer una resistencia considerable y Estados Unidos se había desmovilizado hace ya unos años teniendo muy pocos efectivos militares preparados para un enfrentamiento como este en general y menos en Corea en particular, por lo que Corea del Norte vio la oportunidad de hacerse con el control de la península bajo su mando.    

El escenario resultaba incierto y poco prometedor para Corea del Sur dado que, en la situación preliminar al conflicto, la República de Corea contaba con un ejército inferior en condiciones tanto numéricas como técnicas con respecto a sus pares del norte, cuyas ofensivas iniciales encontraron escasa resistencia a lo largo del territorio surcoreano. Carentes de blindados y con una aviación insuficiente, las tropas surcoreanas no tenían oportunidad alguna ante el embate de sus enemigos, quienes con mayor preparación y contando con efectivos ya veteranos de la Guerra Civil China[2], los fueron confinando rápidamente hacia el perímetro circundante a la ciudad costera de Busan, en el extremo sudeste de la península, cuya relevancia estratégica resultaba decisiva para el despliegue de tropas hacia el interior de Corea.

La respuesta no se hizo esperar y EE. UU convocó al Consejo de Seguridad de la ONU[3], donde se autorizó la intervención militar en Corea[4], procediendo a la asistencia de las fuerzas surcoreanas contenidas en el perímetro de Busan por medio de una fuerza expedicionaria liderada por el prestigioso general estadounidense Douglas MacArthur y formada, además de efectivos estadounidenses que liderarían el esfuerzo bélico, por tropas de varios países miembros de las Naciones Unidas como el Reino Unido y la Commonwealth, Francia, Turquía, Bélgica, Países Bajos, Tailandia, Filipinas y Etiopía, entre otros.

Los efectivos de EE. UU y sus aliados plantaron cara a la acometida norcoreana en Busan valiéndose de la barrera natural del río Nakdong y sacando máximo beneficio de la supremacía aeronaval para mantener a raya al numeroso, pero desgastado ejército norcoreano, cuya logística sobre extendida impidió controlar la zona disputada, donde fueron rechazados en severos enfrentamientos que le dieron el tiempo suficiente a las fuerzas estadounidenses de movilizarse y responder ante la amenaza que suponía para sus intereses en la región el ejército norcoreano.

Mientras se desarrollaban las hostilidades en Busan, MacArthur decidió ordenar un arriesgado desembarco en Incheon con el objetivo de tomar por sorpresa al ejército norcoreano concentrado en el sudeste de Corea y aliviar al mismo tiempo la presión sobre las fuerzas aliadas allí confinadas.

Por otro lado, Incheon era una ciudad de importancia estratégica escasamente defendida, producto de las maniobras de distracción previas al desembarco, así como por su cercanía a Seúl, la capital surcoreana, lo que hacía que un asalto anfibio fuera completamente inesperado para los efectivos norcoreanos.

La temeraria apuesta resultó exitosa, y tras asegurar la ciudad portuaria, las tropas de las Naciones Unidas se dirigieron a Seúl, donde tras intensos combates urbanos la ciudad fue recapturada. Entretanto, las tropas norcoreanas combatiendo en Busan fueron superadas en número y afrontaron consecuentemente una serie de contraofensivas que inicialmente contuvieron de forma enconada, aunque al cabo de sucesivos ataques, las tropas aliadas rompieron el cerco y los norcoreanos tuvieron que replegarse para evitar ser rodeados, permitiendo así que las tropas de EE. UU y sus aliados se unieran en Seúl, recuperando el territorio perdido y ganando también el impulso suficiente para empujar a sus enemigos más allá del paralelo 38, ocupando la ciudad de Pyongyang, capital de Corea del Norte y llegando incluso hasta el río Yalu, en la frontera con China.

La situación parecía indicar una unificación inminente de la península bajo un régimen afín a EE. UU, pero tras atravesar el paralelo 38 y ocupar buena parte del territorio coreano, la República Popular China comenzó a planear una intervención al respecto. Habiéndole advertido a las tropas aliadas sobre su intervención tras cruzar el paralelo y ante la cercanía de tales fuerzas con respecto a su frontera, China comenzó a deliberar sobre la posibilidad de tomar cartas en el asunto, y aunque al principio no hubo consenso dentro del gobierno liderado por Mao Zedong, el líder chino terminaría apoyando a las fuerzas norcoreanas incentivado también por sus negociaciones con la URSS, que ante la situación instó al ejército chino a intervenir, limitando su asistencia al apoyo logístico y armamentístico para minimizar tensiones con EE. UU, lo que terminó brindando al gobierno chino el sustento necesario para interceder y equilibrar la situación.

Por su parte, las fuerzas de la ONU fueron sorprendidas por la intervención china realizada en octubre de 1950 que logró detener sus avances. Estados Unidos y sus aliados decidieron entonces efectuar una serie de contraofensivas, pero distintos errores de reconocimiento frustraron severamente sus planes y el desgaste se hizo sentir entre sus filas, especialmente en invierno, por lo que pese a contar con una ventaja en potencia de fuego, su línea de frente se volvió insostenible ordenándose retroceder hasta el paralelo 38, en lo que fue la mayor retirada en la historia del ejército de Estados Unidos.

El impulso conseguido llevaría a las fuerzas chinas y norcoreanas a capturar Seúl en enero de 1951 y el escenario se volvió incluso más tenso cuando MacArthur, convencido de la posibilidad de hacerse con la victoria, solicitó con cierta insistencia el envío de armamento nuclear, despertando un alarmismo que condicionó su destitución por parte del entonces presidente de Estados Unidos, Harry Truman, quien temía un enfrentamiento directo con la URSS y buscaba prevenirlo a toda costa. La decisión fue sumamente polémica y el clima no parecía indicar que el conflicto terminara pronto, sin embargo, el ejército estadounidense y sus aliados lograron recapturar Seúl en marzo de 1951 bajo el mando del posterior relevo de MacArthur, el general Matthew Ridgway, siendo la cuarta y última vez en la que la ciudad cambió de mando.

Pronto la situación en el frente se convirtió en un punto muerto, y la paridad de fuerzas se hizo evidente, por lo que Estados Unidos se centró en defender sus posiciones al sur del paralelo 38 al distinguirse que ninguno de los bandos beligerantes estaba en condiciones de atravesarlo. Este escenario aceleró las negociaciones para poner fin al conflicto donde las primeras tentativas al respecto se comenzaron a discutir a mediados de 1951, no obstante, la situación en la frontera se convertiría en una guerra de desgaste sin que ningún bando fuera capaz de ganar y mantener la iniciativa, y no se llegaría a un acuerdo hasta julio de 1953, cuando se concretó un alto al fuego negociado entre la ONU, por un lado y China junto a Corea del Norte por otro.

El acuerdo estableció además del cese de hostilidades, el establecimiento del paralelo 38 como frontera de facto entre ambos Estados y la formación de una Zona Desmilitarizada a lo largo del mismo, las autoridades surcoreanas se negaron a firmar el acuerdo por su parte.

El conflicto había resultado desgarrador; con un total por encima del millón de bajas militares y más de 750.000 muertes civiles, así como alrededor de 700.000 desaparecidos, dejando también un número importante de heridos y desplazados, la conflagración fue especialmente sangrienta, prolongada e intensa. Asimismo, el territorio norcoreano sufrió daños importantes dada la magnitud de bombardeos efectuados por la Fuerza Aérea Estadounidense, superando el tonelaje de explosivos empleados en el teatro del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, implicando también el uso extensivo de napalm y la devastación que conlleva.

Teniendo en cuenta lo impactante y desolador del enfrentamiento, así como sus trágicas consecuencias, resulta difícil digerir que terminó dónde había empezado y que hoy en día permanezca en una especie de olvido colectivo en general. Esto es hasta cierto punto comprensible teniendo en cuenta que pese a haber sido la primera mayor conflagración que el mundo presenció durante la Guerra Fría, fue sumamente opacada luego por la crudeza y lo duras que resultaron las consecuencias de otros conflictos como la Guerra de Vietnam, sin embargo, a diferencia de este último, las consecuencias de la Guerra de Corea están mucho más presentes en la actualidad debido a la persistencia de esta división, así como al hecho de que las dos Coreas permanecen en guerra hasta el día de hoy, puesto que solo se firmó un armisticio.

El legado del conflicto dejó heridas igual de profundas a ambos lados del paralelo, aunque los años posteriores se fueron desarrollando de forma distinta. Hasta inicios de los 80, ambos países no presentaban diferencias demasiado marcadas en cuanto a su nivel de vida y situación política se refiere. En cuanto al primer aspecto, la distinción llegó principalmente debido al despegue económico surcoreano, atribuido a las medidas llevadas a cabo por el gobierno dictatorial de Park Chung-hee establecido entre 1962 y 1979[5], que son consideradas la base del auge del país asiático. En cuanto a lo último, si bien Corea del Norte es notoria por su régimen autocrático y la dimensión que sus distintos jefes de Estado han adquirido sobre su población a lo largo de la historia, producto de un superlativo culto a la personalidad propio de la ideología juche[6], lo cierto es que Corea del Sur presentó también regímenes sumamente autoritarios hasta el año 1987 donde se hizo efectiva la democratización, en el marco de los Juegos Olímpicos de Seúl de 1988[7].

La notoria presencia de militares y autoritarismo en los primeros gobiernos surcoreanos se debe, entre otras razones, a la cercanía de Corea del Norte y la amenaza que ello implica, especialmente durante los primeros años de posguerra donde la reconstrucción también era una prioridad, además de la seguridad, una necesidad imperiosa y razón de un constante incremento en los recursos destinados al presupuesto defensivo, traducidos principalmente en el mantenimiento de un ejército profesional numeroso junto con un servicio militar obligatorio amparados también en la cercanía de Seúl a la Zona Desmilitarizada, y la siempre latente amenaza de revivir lo sucedido en 1950.         

  

    

 

 

 

       

   

 

 

 

 

 

   

     

  

 

 

   

 

 

[1] Entre 1894 y 1895 la disputa por Corea llevó a China y Japón a la Primera Guerra sino-japonesa, donde la victoria de estos últimos aseguró el control de la región, sin embargo, tras negociaciones y presiones diplomáticas varias, la influencia de Japón se vio también amenazada por potencias occidentales, entre ellas Rusia, sus mutuas desavenencias llevaron a la Guerra ruso-japonesa entre 1904 y 1905, de nuevo, la victoria de los últimos (históricamente contundente y completamente atípica hasta entonces) aseguró la región para el imperio japonés, llegando a incrementar el control y la esfera de influencia nipona hasta Manchuria. Posteriormente, el estallido de la Segunda Guerra sino-japonesa establecida entre 1937 y 1945, así como sus impactantes consecuencias, fueron una notoria antesala de lo que la región presenciaría cinco años después.

[2] Entre 1927 y 1949 la Guerra Civil China marcó un período sumamente turbulento en la historia reciente del gigante asiático. Tras la crisis y caída de la dinastía Qing concretada en 1912, la posteriormente establecida República de China sufrió enfrentamientos internos donde se disputaron el poder el Kuomintang, el partido gobernante cuyo estilo político era más bien nacionalista, y estaba liderado por Chiang Kai-Shek y el Ejército de Liberación Popular de ideología comunista liderado por Mao Zedong. El conflicto fue interrumpido por la invasión japonesa producida entre 1937 y 1945 donde ambos bandos colaboraron de cierto modo y no sin suma desconfianza para expulsar a los ocupantes japoneses, por lo que, tras la derrota de estos últimos, se reanudaron las hostilidades donde en un marco de suma complejidad el enfrentamiento terminaría con la derrota del Kuomintang y la confinación de sus partidarios a la isla de Formosa, formando el Estado de Taiwán. Por su parte, La victoria de los comunistas chinos en este conflicto (donde no intervino EE. UU) dio como resultado la formación de la República Popular China, continuando las tensiones entre esta última y Taiwán hasta el día de hoy.

    

[3] Integrado (en aquel momento) de forma permanente y con poder de veto por EE. UU, Reino Unido, Francia, la República de China (el gobierno del exiliado Kuomintang) y la URSS.

[4] El mandato fue aprobado debido a la ausencia de la URSS, que decidió boicotear esta instancia como protesta debido a la negativa de las Naciones Unidas de reconocer como miembro permanente a la República Popular China, en lugar del gobierno del Kuomintang exiliado en Taiwán, sin embargo, la ausencia deliberada de la Unión Soviética no fue interpretada como un veto a la resolución, haciéndose efectiva de todos modos.

[5] La dictadura del general Park Chung-hee comenzó con un golpe de Estado en 1962, para entonces el gobierno de Syngman Rhee caracterizado por la corrupción y distintas prácticas fraudulentas había dimitido en 1960. Pero el nuevo gobierno era más bien inestable y había devenido en una crisis institucional producto de la tensión política, por lo que el ejército decidió intervenir colocándolo como jefe de Estado. Su gobierno no fue menos autoritario, pero sí marcó una diferencia en términos relativos al crecimiento económico posteriormente experimentado por Corea del Sur durante los años 80. Su régimen cayó tras su asesinato en 1979 producto también de un despotismo excesivo.

[6] La ideología juche es la denominación que recibe el socialismo norcoreano, destacando por principios como la autarquía, la primacía del ejército, la exaltación de los símbolos patrios, así como la defensa de la tradición coreana y un extensivo culto a la personalidad, reflejado en un calendario exclusivo cuya fecha de inicio es el nacimiento de Kim Il-Sung, a quien se le denomina como un “presidente eterno” y también en la percepción de la figura del líder de turno como casi una deidad que exige ciega lealtad y obediencia.

[7] A pesar de que la fecha de partida de la Quinta República de Corea, presente hasta la actualidad, es considerada 1981, fue en 1987 donde se dieron las primeras elecciones con las debidas garantías que ello conlleva, por lo que esta es entonces considerada como el punto en el que Corea del Sur pasó a ser una democracia multipartidista.