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La crisis libanesa es una realidad desde antes del 4 de Agosto del 2020, día en el que la explosión de un depósito con 2.750 toneladas de nitrato de amonio devastó el puerto de la capital y dejó un saldo de por lo menos 200 muertos y más 5.000 heridos. El desplome de esta nación localizada en medio oriente, ya era evidente años atrás, pero nadie pensó, luego de verse aún más afectada por la pandemia del coronavirus, que se podía llegar a tocar fondo de esta manera. «Nunca es buen momento para que el horror golpee una ciudad, pero para Beirut es difícil imaginar uno peor que éste», afirmó Rami Ruhayem, periodista de la BBC localizado en Beirut. 

La explosión y sus consecuencias agravan aún más la grave crisis política-económica que atraviesa el Líbano desde hace meses. El país declaró el primer default de su historia en marzo de este año, exacerbando el humor social negativo que imperaba en la sociedad y se veía reflejado en protestas continuas contra una dirigencia política extremadamente corrupta.

Líbano atraviesa su peor momento desde la larga guerra civil que duró de 1975 a 1990. Hoy acumula graves déficits estructurales tanto en el terreno socioeconómico como en el político y de seguridad, sometido simultáneamente a un desestabilizador sectarismo interno y a la intromisión de potencias regionales y globales que tratan de imponer su dictado en sus apenas 10.000 kilómetros cuadrados. Las imágenes del día a día del país antes de la explosión también eran dramáticas. Todos los días surgían indicios de una crisis sin precedentes, con cortes de luz de hasta 20 horas diarias, montañas de basura en las calles y largas colas en las gasolineras. El Banco Mundial ha estimado que a finales del año pasado un 48% de la población estaba viviendo por debajo del umbral de la pobreza. En este sentido, el propio Gobierno libanés considera que un 75% de la población necesita ayuda para cubrir sus necesidades básicas.

Ese pésimo balance explica el hartazgo de una población que crecientemente se ha movilizado, desde el pasado 17 de octubre, bajo el lema de “kelun yani kelun” (“todos son todos”). Tras el inevitable paréntesis provocado por la pandemia del coronavirus, las calles habían vuelto a reclamar abiertamente una limpieza general de la clase política. Los dirigentes han llevado al país, que no tiene grandes recursos naturales ni bases de desarrollo propios mínimamente significativos, a acumular una deuda externa que supera el 170% del PBI, una moneda que ha perdido más del 80% de su valor desde octubre, una inflación que ronda el 60% y un salario mínimo mensual que apenas equivale a 70 euros. La crisis actual no viene exclusivamente de afuera. Es la culminación de décadas de corrupción de una clase política que saqueó todos los sectores de la economía y se enriqueció con el robo de miles de millones de dólares, al punto que se estima que la cifra representa la mitad de la deuda publica.

Crisis Económica

A pesar de que en algún momento Líbano fue considerado como el corazón financiero de Medio Oriente, hoy el país con 7.4 millones de habitantes sufre los estragos de un sistema político y financiero devastado. Ni siquiera durante la guerra civil la gente fue testigo de tal crisis financiera. Desde 2018 la nación está en recesión, debido a que su Producto Bruto Interno retrocedió 1.92% a tasa interanual y para el año siguiente la herida se profundizó al desplomarse 5.63%. Mientras tanto, la caída del PBI prevista para este año pasó del -15% a un abrumador -24%.

El Líbano se va ahogando de esta manera cada vez más en el desastre económico empujado por el hundimiento del valor de la libra libanesa y la sequía de dólares marcada con fuerza desde principio de año. Y cada vez que escasea un producto, sean dólares, gasolina o carne, el mercado negro se agranda. A principios de octubre de 2019, la escasez de moneda extranjera llevó a la libra libanesa a una fuerte depreciación frente al dólar en un mercado negro que resurgió por primera vez en dos décadas. Cuando los importadores de trigo y combustible exigieron que se les pagara en dólares, los sindicatos convocaron huelgas, que derivaron en violentas protestas.

A mediados de octubre, el gobierno propuso nuevos impuestos sobre el tabaco, la gasolina y las llamadas de voz a través de servicios de mensajería como WhatsApp para aumentar sus ingresos, pero la reacción violenta de la población obligó a cancelar los planes. Las protestas dejaron de lado incluso el habitual sectarismo político, algo que no sucedía desde que terminó la devastadora guerra civil.

“El Líbano ya estaba sufriendo su peor crisis financiera y económica desde su independencia en 1943. Dada la gran contracción de la producción y la depreciación masiva del tipo de cambio paralelo, el PBI podría reducirse de 52 mil millones en 2019 a 33 mil millones de dólares en 2020″, señala un informe del Instituto de Finanzas Internacional.

El organismo estima los daños de la explosión en unos 7 mil millones de dólares (equivalente al 14% del PBI de 2019). La deflagración, en la que murieron más de 200 personas y dejó sin hogar a 300 mil, causó además el cierre del puerto, por donde pasan más del 75% de las importaciones del Líbano. El resultado es que el país ahora se verá obligado a depender completamente de los dos puertos mucho más pequeños. 

Por otra parte, el pasado mes de Marzo, el Líbano anunció el primer default de su historia al no cumplir con el vencimiento de su deuda emitida en eurobonos, un monto que asciende a los 1.200 millones de dólares. La razón, según las mismas fuentes gubernamentales, es que las reservas en divisas se encuentran en un nivel “peligroso y preocupante”. El Líbano había estado buscando obtener un préstamo de US $10.000 millones del FMI, pero las conversaciones se estancaron el mes pasado.

 La deuda del Líbano es una de las mayores del mundo, ascendiendo al 170% del PBI. Pese a haber atravesado situaciones difíciles, el país nunca había incumplido sus compromisos, lo que permite darnos una dimensión de la extrema gravedad de la situación actual. Y la semana pasada, la agencia Moody ‘s redujo la calificación crediticia del Líbano a su rango más bajo. Ahora está a la par de Venezuela. 

Otro de los problemas que azotan a la economía libanesa es su alta inflación que crece a un ritmo sin precedentes, pues entre abril y junio se diparó a más de 150 por ciento. El dólar estadounidense es utilizado en la vida diaria al mismo nivel que la libra libanesa, que tiene oficialmente un tipo de cambio fijo desde 1997. Un dólar equivale a 1.507 libras libanesas, pero en el mercado negro ha llegado a cotizar 2.700 libras libanesas.

A raíz de las primeras muertes por covid-19 y el aumento de las infecciones, el gobierno impuso a mediados de marzo un confinamiento obligatorio para frenar la propagación de la enfermedad. Por un lado, esto obligó a los manifestantes antigubernamentales a abandonar las calles, pero por otro, agravó la crisis económica y expuso las deficiencias del sistema de bienestar social del Líbano.

Muchos negocios se vieron obligados a despedir al personal o darles vacaciones sin sueldo y la brecha entre el valor de la libra libanesa en los tipos de cambio oficiales y la del mercado negro se amplió. Además los bancos endurecieron los controles de capital. La inflación agravó mucho más la situación de las familias, incapaces de comprar ni siquiera los artículos para cubrir las necesidades básicas.

Para cuando las restricciones de coronavirus comenzaron a levantarse en mayo, los precios de algunos alimentos se habían duplicado y el primer ministro advirtió que el Líbano estaba en riesgo de caer en una «gran crisis alimentaria».

Kevin Ary Levin, sociólogo especializado en Medio Oriente, considera que el problema que arrastraba el país desde antes de la pandemia se relaciona con la poca producción de alimentos y la dependencia de las importaciones para el funcionamiento básico de su sociedad. Además, hay un dato aún más devastador: el país, que se encontraba entonces al borde de la emergencia alimentaria, perdió en la explosión del pasado 4 de Agosto aproximadamente el 85% de sus cereales almacenados. “Lo que sucedió ahora en el puerto genera una crisis además de infraestructura de comercio porque el centro neurálgico quedó destruido. Por lo tanto habrá problemas en las importaciones y exportaciones que le dan al país ingresos necesarios para subsistir”, comenta.

El éxito del plan de Gobierno del Líbano para rescatar la economía del país dependía del crédito que el Fondo Monetario Internacional (FMI) le conceda y del apoyo financiero que pueda conseguir en el exterior, plan económico aprobado el 29 de abril por el Gobierno del primer ministro Hassan Diab, formado gracias al apoyo del grupo chií hezbulá y sus aliados en el Parlamento. La situación ahora, tras la dimisión en bloque del gobierno, es incierta, ya que dependerá de la predisposición que tenga el FMI teniendo en cuenta que es el Parlamento libanés el encargado de elegir un nuevo Primer Ministro, lo cual involucrará a las mismas políticas sectarias que están en la raíz del descontento ciudadano en ese país.

El presidente de la Federación de Sindicatos de Empleados Bancarios de Líbano, George al-Hajj, asegura que la comunidad internacional no está a favor de la quiebra del país. Sin embargo, hace hincapié en el hecho de que los países que se muestran dispuestos a ayudar quieran imponer sus condiciones.

La directora gerente del Fondo Monetario Internacional, Kristalina Georgieva, condicionó la entrega de miles de millones de dólares al Líbano a que las autoridades se comprometan a llevar a cabo una serie de reformas, como la restauración de la solvencia en las cuentas públicas. Asimismo, solicitó que se establezcan salvaguardas para evitar la salida de capitales mientras se desarrollan las reformas, como la adopción de legislación para formalizar los controles en los bancos y la eliminación del sistema actual de tipos de cambio múltiples.

La explosión

A medida que pasaban los días, múltiples teorías se formulaban sobre la causa de la terrible explosión, como que el humo ‘’cuadraba con las características de un explosivo de carácter militar’’. El mismo presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, a las pocas horas sugería que la explosión se debía a un ataque, pero a medida que se tenía información más certera sobre lo ocurrido, y para evitar todo tipo de teorías conspirativas, se inclinaba por la opción más recibida: un trágico accidente a consecuencia de la inefacia y la corrupción de las instituciones libanesas.

Se produjo una explosión inicial alrededor de las 18:00 hora local (15:00 GMT) en la zona portuaria de la capital, sucedida por un incendio y pequeñas deflagraciones que algunos residentes describieron como una suerte de fuegos artificiales. En los videos que fueron difundiéndose por internet, se puede ver el preciso momento en medio de la humareda blanca. Fue entonces cuando se produjo la segunda gran y devastadora explosión, que lanzó una enorme bola de fuego al aire y generó una nube con forma de hongo. Esta última a consecuencia del contacto del fuego con una gran carga de nitrato de amonio, almacenado hace más de 6 años en ese puerto, sin las condiciones adecuadas.

Recientemente se conoció que las 2.750 toneladas de nitrato de amonio llegaron al puerto de Beirut a través del buque de carga MV Rhosus en 2013, arrendado por un ciudadano ruso. La nave transportaba la carga desde Georgia hasta Mozambique, pero en el camino sufrió problemas técnicos y llegó de emergencia a Beirut. Una vez allí, la nave fue inspeccionada por las autoridades libanesas y se le prohibió reemprender la ruta por no pagar las tarifas portuarias correspondientes, de acuerdo a un reporte de 2015 de Shiparrested, una red de abogados que gestiona asuntos legales de buques de carga.

Qué es el nitrato de amonio?

La fuerza del estallido y la violencia de la nube expansiva en forma de hongo que se generó dan cuenta de lo peligroso que es el químico que reaccionó. De hecho, la potencia de la explosión se sintió incluso a 240 kilómetros del puerto de Beirut, en la isla de Chipre.

El nitrato de amonio se trata de un sólido cristalino que se fabrica en cantidades industriales y que se usa mayoritariamente como fuente de fertilizantes, pero también en la industria minera. El mismo suele almacenarse en grandes cantidades por la alta demanda de los agricultores para usarlo como fertilizante. Sin embargo, expertos señalan que para que haya una explosión, debe existir una combustión previa.

«Con una gran cantidad de producto almacenada, una temperatura superior a 300 grados puede hacerla explosiva. Un incendio puede alcanzar esa temperatura fácilmente» explica Reinaldo Bazito, profesor del Instituto de Química de la Universidad de Sao Paulo.

Al ser tan inflamable hay reglas muy estrictas para su almacenamiento seguro. Entre los requisitos está que el lugar cuente con medidas a prueba de incendios. Tampoco puede haber desagües, tuberías u otros canales en los que se pueda acumular el nitrato porque crearía un peligro explosivo adicional. Otro problema sucede cuando se deja el material sin usar por mucho tiempo porque «absorbe humedad y se convierte en una roca gigante», esto es más peligroso todavía, ya que si se produce un choque, se expande mucho más fácil. Como sucedió en el Líbano, donde la onda expansiva alcanzó un radio aproximado de 15 km a la redonda.

Esta no es la primera vez que esta sustancia protagoniza episodios devastadores, tanto atentados como accidentes. Argentina vivió el atentado más trágico de su historia un 18 de julio de 1994, cuando una explosión contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) dejó 85 muertos y más de 300 heridos. El nitrato de amonio fue justamente el explosivo utilizado en ese ataque. Y más recientemente, una explosión de nitrato de amonio y otros químicos mató a 173 personas en el puerto Tianjin, al norte de China.

La mercancía que transportaba el MV Rhosus fue llevada a un contenedor del puerto, donde permaneció descuidada durante seis años hasta que finalmente explotó el pasado 4 de Agosto. Si no se almacena en las condiciones adecuadas, como parece ser el caso en la capital libanesa, puede resultar visiblemente peligroso. «Naturalmente, el foco se sitúa sobre el actual director general de aduanas, Badri Daher, y el encargado general del puerto, Hassan Koraytem», aseguró Wadih al Asmar, presidente del Centro Libanés de Derechos Humanos.

Tanto Daher como Koraytem afirman que habían escrito varias veces al sistema judicial pidiendo que el químico se exportara o vendiera por la seguridad del puerto. Koraytem señaló a la televisión libanesa que sabía de la peligrosidad del material pero «no hasta ese punto», en referencia al efecto devastador que tuvo la explosión.

De acuerdo a documentos oficiales, desde la aduana se escribió hasta seis veces a las instancias judiciales entre 2014 y 2017, pero los pedidos fueron ignorados. El gobierno libanés ordenó entonces el arresto domiciliario de los funcionarios del puerto que supervisaron el almacenamiento del nitrato de amonio hasta que se complete la investigación. Pero para muchos libaneses, las declaraciones de las autoridades fueron palabras vacías, y el hartazgo se hizo sentir con mayor fuerza lo que derivó en la dimisión de todo el gobierno.

El factor religioso en el Líbano

La religión en el Líbano es algo más que una mera elección individual, se trata de una forma de estratificación social, económica e incluso política. Inicialmente, la división principal en el Líbano es entre cristianos y musulmanes, pero a su vez estos dos grupos se subdividen en una infinidad de subgrupos con grandes diferencias entre ellos. Los cristianos hasta los años 90 fueron el grupo mayoritario, pero hoy representan tan sólo el 39% de la población:

Los cristianos del Líbano se encuentran más divididos que los musulmanes pero menos enfrentados, dividiéndose en los siguientes grupos: Maronitas; Melvitas; Griegos Ortodoxos; Armenios Ortodoxos y luego están los Católicos; Católicos Sirios; Católicos Romanos; Asirios; Caldeos; Coptos y Protestantes. Sí, en el Líbano también podemos encontrar grupos protestantes que nos dan muestra de la pluralidad religiosa del país del Cedro. Aunque su porcentaje tan sólo es del 1% del total de los libaneses, tienen representación en el parlamento.

Por otro lado, los musulmanes del Líbano conforman la mayoría de la población, un 58.7%  del total. Estos se dividen en los siguientes grupos: Chiíes; Suníes (rama musulmán mayoritaria en el mundo. En un primer momento la diferencia entre los chíies y los suníes era por la sucesión, pero a lo largo de los siglos esta separación se ha hecho profunda); Ismaelíes; Drusos; Alawitas y Nazaríes. A su vez, encontramos también la Revolución Islámica de Irán, donde a efectos de la propia situación geográfica del Líbano unida al carácter proselitista de la Revolución de Jomeini ha convertido al chiísmo en un factor geopolítico de primera magnitud.

Ante lo planteado, esa diversidad religiosa y cultural afecta la vida cotidiana del Líbano, y en especial a la política. La democracia libanesa tiene un sistema electoral muy particular en el que hasta los acuerdos de Taif de 1989 el ratio que dividía a cristianos y musulmanes era de 6 a 5, favorable a los primeros. Esta proporción se estableció en 1943 con el conocido como Pacto Nacional que distribuía los escaños de acuerdo al censo de 1932. En escaños, la proporción de 6-5 se traducía en una representación de 54-45. Sin embargo, después de Taif, el ratio se igualó y la representación se estableció en 64-64, eliminando así una de las fuentes de legitimidad de los islamistas libaneses. Además, se establecía una troika por la que se repartían los principales puestos de representación institucional: a. El presidente sería siempre un cristiano Maronita. b. El Primer Ministro un musulmán Sunita. c. El Presidente del Parlamento un musulmán Chíita. 

La lógica de las votaciones está más centrada en las afinidades religiosas y locales que en las ideológicas. La existencia de este sistema político tan particular no es más que la consecuencia de una sociedad religiosamente muy fragmentada. Este elemento enriquece la sociedad libanesa pero al mismo tiempo la hace mucho más frágil.

El consociacionalismo es la filosofía que ha adoptado el sistema libanés desde la Constitución redactada bajo el mandato francés en 1926, reforzada por el pacto nacional de 1943 que culminó la independencia nacional, y posteriormente por el Acuerdo de Taif, que puso fin a la guerra civil en 1989 y que introdujo reformas y modificaciones en el texto constitucional. La aplicación del sistema consociacional en los países con sociedades segmentadas se basa en cuatro principios: una coalición de gobierno amplia, una autonomía segmentaria, un sistema de representación proporcional de las comunidades y el derecho de veto de la minoría. El consociacionalismo libanés se basa en el confesionalismo. 

Este último, tanto en las instituciones políticas como en los ámbitos sociales, tiene su origen en el sistema del millet del Imperio Otomano que, a partir del siglo XIX, otorgaba a las diferentes comunidades religiosas una autonomía casi total en materia de educación, de administración de los bienes, de competencia y de organización religiosa interna.

A pesar de los esfuerzos de algunas élites políticas tras la independencia nacional en 1943 y hasta finales de la década de los sesenta, los consensos entre libaneses en relación con los conflictos y los desafíos políticos regionales e internacionales han sido a menudo frágiles. Esto ha permitido que las potencias externas busquen alianzas libanesas que harían avanzar sus programas, sobre todo tras el inicio de la guerra civil en 1975, y después de las polarizaciones de 2005 tras el asesinato de Hariri.

Los intereses extranjeros, tanto por potencias regionales como globales, se han convertido así en un elemento de presión sobre el modelo libanés, ya que cada una de ellas trata de imponerse mediante sus alianzas en las instituciones del Estado, o por lo menos intenta impedir que los demás se impongan en ellas. Todos los grandes conflictos entre actores externos han tenido repercusiones en la escena nacional, tal y como sucede desde hace algunos años entre aliados saudíes e iraníes. La crisis institucional actual es, de hecho, una de sus consecuencias.

En la escena libanesa se observa desde hace dos décadas el auge de una fuerza que se caracteriza por un exceso de poder sin precedentes en los ámbitos institucional, sectario, militar y político: Hezbolá, el único partido libanés que conservó sus armas después del final de la guerra civil. Y la justificación, que la mayoría de los libaneses aceptó hasta el año 2000, fue su resistencia militar a la ocupación israelí. Desde entonces, el partido se ha negado a desarmarse y ha perdido el respaldo de la mayoría. Sin embargo, sigue siendo muy popular entre los chiíes, y entre una parte de los cristianos.

La excesiva fuerza del “Partido de Dios” tiene numerosas consecuencias, y le permite ignorar la democracia consociacional. Lo podemos observar en varios niveles:

 – Las relaciones exteriores del partido, que se estructuran alrededor de un conjunto de vínculos orgánicos con Irán en los ámbitos armamentístico, financiero e ideológico y, en segundo lugar, con el régimen sirio en el ámbito estratégico. 

– Las decisiones de guerra y de paz, y el uso de las armas del partido sin consultar al gobierno y a las instituciones del Estado libanés; las amenazas de utilizar las armas en las rivalidades internas, como ocurrió en 2008 y 2011 cuando, en dos ocasiones, forzó la dimisión del gobierno. 

– Los recursos financieros e institucionales del partido y la creación de un Estado paralelo dentro del propio Estado libanés. Este es diferente de los mini-Estados establecidos por algunas comunidades durante la guerra civil debido al componente ideológico de las instituciones de Hezbolá, que han ejercido su influencia sobre la vida religiosa y los centros de culto, creando una especie de confusión entre la movilización ideológica y los ritos sociales.

Desde 2012, miles de combatientes del partido cruzan la frontera libanesa a petición de Irán para combatir en Siria y apoyar al régimen de Al Assad. Esto viola la “neutralidad” por la que se decantó Líbano en 2011, y más aún cuando los libaneses están divididos en lo que respecta a la situación siria, y cuando gran parte de ellos apoya a la oposición de Al Assad. Por tanto, la intervención militar de Hezbolá en Siria ha agravado las tensiones confesionales, y resulta difícil entender las razones de los atentados con coches bomba que sufrió la periferia del Sur de Beirut en 2014 y 2015 sin relacionarlas con esta misma intervención.

La crisis de los refugiados sirios

A todos los problemas internos y a las tensiones que reflejan las de la región, hay que sumar una crisis de gran magnitud que afecta a Líbano desde 2012: la crisis de los refugiados sirios. A finales de 2019, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) anunció que hay 914.000 refugiados sirios en el Líbano.

Una gran parte de los refugiados sirios vive en condiciones muy difíciles. Es víctima del desplazamiento y de sus circunstancias, y también de las medidas de seguridad y de las restricciones administrativas adoptadas por las autoridades libanesas, ya que en repetidas ocasiones han pedido a los refugiados que regresen voluntariamente a su país, debido a los extremadamente limitados recursos del Estado, acusando también el escaso apoyo de la Comunidad Internacional. La realidad es que el régimen sirio ha confiscado muchas de las propiedades de aquellos que huyen de la violencia del país. Por lo tanto, muchos refugiados no tienen un hogar a donde volver.

Algunos organismos de Naciones Unidas, organizaciones de la sociedad civil libanesa y también asociaciones sirias tratan de prestar ayuda a los refugiados, pero sus aportaciones siguen siendo muy insuficientes, y los problemas de desempleo, sanidad, desescolarización y vivienda aumentan cada año, problemas los cuales están estallando justo ahora.

Conclusión

Desde el final de la guerra civil, en 1989, el Líbano es gobernado mediante un equilibrio político que depende de las fuerzas locales más influyentes o de aquellas asociadas con los focos regionales e internacionales de poder.

Esta situación ha generado la ausencia casi total de instituciones estatales, las cuales quedaron repartidas en dos coaliciones políticas. La primera, llamada ‘Alianza del 8 de marzo’, que quedó conformada por el partido Hezbolá y el partido del Movimiento Patriótico Libre. Y la segunda, llamada ‘Alianza del 14 de marzo’, creada entre el partido del Movimiento del Futuro, el partido de las Fuerzas Libanesas y el Partido de las Falanges Libanesas, luego del asesinato del ex primer ministro, Rafiq Hariri, el 14 de febrero de 2005.

El Líbano tiene crisis acumuladas del pasado debido a la fragilidad de su seguridad y a la ausencia de las instituciones estatales frente al poder de facto de Hezbolá, impuesto por la fuerza de las armas. Además, se ha visto afectado por la falta de control, la interrupción del poder judicial, la corrupción financiera y otros factores que han convertido al Líbano en un país que genera crisis y las exporta a países vecinos como Siria, que sufre la interferencia e intervención de Hezbolá, por ejemplo. 

Así mismo, el Líbano padece la mayor crisis económica de su historia contemporánea como consecuencia de la corrupción, los intereses acumulados de los préstamos bancarios destinados a la reconstrucción del país tras la guerra civil, las sanciones de Estados Unidos contra Hezbolá, así como por la repercusión de estas sobre el sector bancario y sobre los tipos de cambio de la divisa nacional. Todas estas, situaciones que han tenido un impacto social y político.

Los expertos aseguran que las decisiones del Estado libanés dependen de un Hezbolá que controla el Aeropuerto Internacional de Beirut y las actividades del puerto de forma extraoficial, así como las instituciones más importantes y la mayoría de los departamentos gubernamentales. No obstante, el Gobierno rechaza estos señalamientos.

La población libanesa cuestiona la negligencia del Gobierno libanés a la hora de responder a las numerosas solicitudes de la Administración de Aduanas en el puerto y de la Policía, hechas durante seis años, en las que pedían que el nitrato de amonio fuera trasladado lejos de la capital. Los medios de comunicación se han hecho eco de las declaraciones del director general del puerto, Hassan Koraytem, en las que este aseguró que el Gobierno tenía conocimiento de la presencia de esta sustancia peligrosa en el puerto antes de la explosión.

Los libaneses responsabilizan a su Gobierno de la explosión y piden que se juzgue a los responsables de la catástrofe, especialmente a los funcionarios que ocupan cargos relacionados con el cargamento de nitrato de amonio. También se alzan voces que reclaman una investigación internacional para determinar los responsables de la explosión, hecho que los analistas ven como una consecuencia de la falta de confianza que los ciudadanos tienen en el Gobierno y en sus capacidades.

Tras la explosión, la economía libanesa y su tráfico comercial quedaron expuestas a crisis adicionales que pueden provocar una escasez de productos básicos, ya que los silos del puerto, destruidos por la explosión, almacenaban el 85% de los cereales del país. De la misma manera, el puerto era uno de los mayores almacenes de medicamentos y productos alimenticios del Líbano. Según el ministro de Economía y Comercio, Raoul Nehme, después de la explosión al Líbano le quedan reservas de trigo suficientes para menos de un mes, menos del mínimo de tres meses para garantizar la seguridad alimentaria básica en el país.

A pesar de todo, es probable que la explosión tenga un impacto positivo en la pésima situación económica que vive el país, ya que el Fondo Monetario Internacional (FMI) y muchos países, incluido Estados Unidos, se comprometieron a proporcionar una ayuda que anteriormente se abstenía de dar debido a las sanciones estadounidenses. Trump podría aliviar estas sanciones, aunque fuera temporalmente.

Además, según el Instituto Internacional de Finanzas (IIF), la explosión y las protestas que siguieron pueden conducir a la realización de reformas muchas veces postergadas y una renovación en la clase política que desbloquearían definitivamente el apoyo financiero internacional.

Entre las reformas sugeridas por el IIF se encuentran la adopción de nuevas tecnologías para fortalecer las funciones fiscales clave, como los procesos presupuestarios y la administración de ingresos, y un marco legal anticorrupción que debe incluir legislación que penalice diferentes tipos de corrupción y proporcionar un código de conducta y reglas de divulgación para los funcionarios públicos.

Entre los dos escenarios que se podrían presentar, hay esperanza de que en esta ocasión se asuma un cambio político significativo y reformas económicas reales, con un nuevo gobierno, elecciones parlamentarias anticipadas y la adopción de las reformas sugeridas por el FMI y orientadas a un enfoque de no intervención del Estado en la economía y permitiendo la participación del sector privado (nacional y extranjero). El otro escenario posible es, en cambio, que no hayan cambios políticos reales ni una nueva hoja de ruta económica, y que el país siga hundiéndose manteniendo la inflación en niveles altos y agotando los activos externos para fines de 2022. Es muy difícil superar la crisis a la luz de los componentes políticos actuales, incluso puede llegar a ser imposible, lo cual podría llevar a consecuencias mucho más extremas todavía, como una nueva guerra civil.

Para el analista político Moufid Mostafa, la formación de un nuevo Gobierno que pueda tratar con el FMI y otros países donantes para obtener préstamos sería una solución a corto plazo, ya que es urgente encontrar soluciones rápidas para los ciudadanos libaneses. Esto incluye el apoyo al sector eléctrico, «que constituye el mayor déficit del presupuesto del Gobierno». 

Por otra parte, la probable solución a largo plazo es establecer un nuevo sistema libanés que «establezca un Estado civil lejos de las cuotas sectarias y políticas».


Elaborado con información de la Agence France-Presse, BBC, Instituto Europeo del Mediterráneo y la Anadolu Agency.