A 30 años de la «reunificación» alemana

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Tras más de cuarenta años dividida en dos Estados distintos, Alemania alcanzó su reunificación el 3 de octubre de 1990, cuando se concretó oficialmente la disolución de la República Democrática Alemana y su incorporación a la República Federal, en un hecho que técnicamente tiene más de anexión que de unificación.

El 2 de mayo de 1945, las tropas alemanas que aún permanecían combatiendo en la defensa de Berlín, se rinden. Cinco días más tarde, en Reims, el Alto Mando Alemán firma la rendición incondicional ante los Aliados. Al día siguiente, el 8 de mayo, los Aliados celebran el ‘Día de la Victoria’. Estos hechos marcan el final a la guerra en Europa, que asoló al continente durante casi seis años y se saldó con millones de muertos, innumerables pérdidas materiales y una herida en la sociedad europea que tardaría años en sanar. También, el desenlace de la guerra significó la derrota de Alemania, que pasó a estar ocupada por las fuerzas vencedoras: Los Aliados occidentales -Estados Unidos, Reino Unido y Francia- y la Unión Soviética.  Las potencias vencedoras, según lo acordado meses antes en la Conferencia de Yalta, dividieron el territorio en cuatro zonas de ocupación -una para cada potencia-. Lo mismo hicieron con Berlín que, si bien estaba en la zona de ocupación soviética y había sido capturada por el Ejército Rojo, se optó por replicar la división allí. También resolvieron la creación del Protectorado de Sarre al suroeste y la concesión de territorios hacia el este, más la región de Prusia Oriental, a Polonia y la URSS respectivamente.

 

Zonas de ocupación de Alemania tras el fin de la guerra.

Durante la ocupación, las relaciones entre los Aliados y la URSS comenzaron a deteriorarse, en un contexto de inicio de lo que fue la Guerra Fría. Tras la consolidación de dicho conflicto, Alemania inevitablemente se convirtió en un escenario de disputa entre ambos bloques. La falta de entendimiento y la división cada vez más amplia, entre otros factores, llevaron a que el acuerdo para la constitución de un Estado alemán unificado fuese prácticamente imposible. Dada esta situación, y con la finalidad de presionar a la Unión Soviética, los Aliados Occidentales toman la iniciativa y el 23 de mayo de 1949, con la aprobación por parte de la Asamblea Constituyente de la Ley Básica, una constitución de facto a la cual se la conoció de esta manera debido al carácter transitorio que se le buscaba dar hasta que en algún momento se constituyera un Estado alemán unificado, se constituye la República Federal de Alemania -a la cual se conoce también como RFA o Alemania Occidental-.

En agosto de ese mismo año, se llevan a cabo las primeras elecciones libres desde 1933 y el 7 de septiembre, comienza a sesionar el parlamento en la ciudad de Bonn, la cuál se convirtió en la capital del Estado. A pesar de la constitución del nuevo Estado, los Aliados, a través de un organismo llamado Alta Comisión Aliada, continuaron tutelando a la incipiente república hasta el año 1955, cuando a través de los Tratados de París firmados en 1952, se puso fin de forma definitiva a la ocupación e injerencia aliada en la nación.

Por otra parte, en la zona de ocupación Soviética, se siguió un camino similar. Al ver los movimientos Aliados para formar un Estado en su zona de ocupación, la Unión Soviética comenzó un proceso para hacer lo mismo al este del territorio. El 29 y 30 de mayo de 1949, se celebró el III Congreso del Pueblo. Allí se aprobó el borrador de la nueva constitución para el futuro Estado. Dicha constitución fue aprobada por Stalin el 16 de septiembre de ese mismo año y menos de un mes más tarde, el 7 de octubre, entró en vigor, dando vida a la República Democrática de Alemania -también conocida como RDA o Alemania Oriental-. A diferencia de lo sucedido en su vecino occidental, las fuerzas de ocupación soviética no abandonaron el territorio de la RDA hasta poco tiempo antes de su disolución.

Cuatro décadas de compleja convivencia

Como era previsible, las relaciones entre los recién nacidos Estados no fueron nada fáciles. La RFA no reconoció a su vecino oriental como Estado, en el marco de una política exterior llamada ‘Doctrina Hallstein’, debido a que fue impulsada por Walter Hallstein, diplomático que ejerció ‘de facto’ como ministro de Relaciones Exteriores -esto se debe a que entre 1951 y 1955, el Canciller Adenauer ostentó también la cartera de Relaciones Exteriores, aunque en los hechos, la política exterior era dirigida por Hallstein-. Dicha doctrina consistía en considerar a la República Federal como la legítima representante de la nación alemana, desconociendo la existencia de la RDA, considerando esa porción de territorio como ‘ocupado por un poder extranjero’. A su vez, la RFA rompió relaciones diplomáticas con todos los países que reconocieran a su vecino como Estado soberano, haciendo excepción únicamente con la Unión Soviética.

Al no reconocimiento, se suman los acontecimientos de la Guerra Fría y el posicionamiento al respecto de ambos Estados, que los distanciaron aún más entre sí, teniendo como momento de mayor tensión el año 1961, cuando el presidente del Consejo de Estado de la RDA, Walter Ulbricht, planteó la idea de construir un muro que aislase a Berlín Occidental de Berlín Oriental y el resto de la RDA. Esta idea fue aprobada por la Cámara Popular el 11 de agosto, y para la noche del 12 y la madrugada del 13 de agosto, comenzaron las obras de construcción del muro, que en principio fue un simple vallado, pero con los años fue evolucionando, convirtiéndose en una compleja estructura, prácticamente infranqueable, que se cobró la vida de decenas de alemanes que intentaron cruzarlo.

Tras unas horas de mucha tensión y confusión a partir de la mañana del 13 de agosto, que incluyó el encuentro de tanques aliados y soviéticos en la frontera del famoso ‘Checkpoint Charlie’- quizás uno de los momentos más tensos vividos durante la Guerra Fría entre las potencias de ambos bloques-, se alcanzó una solución pacífica, con la promesa Soviética de respetar los derechos de los Aliados en Berlín Occidental.

Tanques Aliados y Soviéticos se encuentran en la zona del ‘Checkpoint Charlie

Con el tiempo, las tensiones fueron disminuyendo, con un giro en la política diplomática implementada por la RFA a partir de 1966, cuando el gobierno retoma relaciones diplomáticas con Yugoslavia y Rumanía, países que reconocían a la República Democrática como Estado soberano. El giro se acrecienta aún más en 1969, con la llegada al poder de socialdemócrata Willy Brandt.

Este cambio político trajo la implementación de lo que se conoció como ‘Ostpolitik’ (Política del este), una doctrina opuesta a la de Hallstein, que abogaba por normalizar las relaciones con las naciones de Europa del Este, en búsqueda de una mayor cooperación y armonía entre las naciones del continente. Como consecuencia de ello, en 1970 comenzaron las primeras conversaciones entre Brandt y su homólogo de la RDA Willi Stoph. En principio, las negociaciones no lograron desembocar en un acuerdo formal, debido a que Brandt aún no estaba en posición de reconocer a la República Democrática como Estado soberano. Sin embargo, tras la firma del Tratado de Moscú, donde la República Federal y la Unión Soviética normalizaron sus relaciones, los caminos hacia el entendimiento entre las dos Alemanias se encauzó, formalizándose con la firma del ‘Acuerdo Básico’ en 1972, en el cual acordaron establecer relaciones diplomáticas con la apertura de ‘misiones diplomáticas’, que en realidad funcionaban como embajadas de facto. Este acuerdo significó a su vez la normalización general de las relaciones de ambos Estados con países del bloque opuesto, hecho que benefició sobre todo a la RDA, que hasta ese entonces era reconocida por un grupo bastante reducido de Estados. También, a raíz de este acuerdo, se produjo el 18 de septiembre de 1973 el ingreso de ambos países a las Naciones Unidas. Sin embargo, a pesar de entablar relaciones diplomáticas, nunca se llegó a dar el reconocimiento explícito entre ellas, dando lugar a la permanencia de la meta de unificación.

Crisis del bloque soviético y caída del muro

A principios de la década de los 80’, la posibilidad de reunificación entre las dos Alemanias parecía muy lejana. El fuerte rechazo del líder de la RDA, Erich Honecker, a impulsar reformas liberalizadoras y el retorno en octubre de 1982 de los democristianos (CDU) al poder en Alemania Occidental, un grupo que ha rechazado fuertemente la Ostpolitik socialdemócrata y abogaba por una postura más dura ante el bloque del Pacto de Varsovia, dificultaron el entendimiento entre ambos bandos. Sin embargo, entrada esta década, el bloque Soviético estaba sumido en una crisis importante. Problemas económicos, crisis sociales y políticas que se traducían en reclamos civiles por más libertades y una posible vía democrática, mantenían en jaque sobre todo a los países del Europa del Este, y la RDA no era una excepción.

Sin embargo, el cambio no llegaría por ningún hecho sucedido en alguna de las dos Alemanias, sino que se daría directamente desde el Kremlin, con la llegada al poder en 1985 del nuevo Secretario General del Partido Comunista, Mijaíl Gorbachov. Gorbachov trajo consigo dos conceptos fundamentales en los que basaría su política tanto a nivel nacional como internacional: ‘Glásnost’- transparencia, apertura, en sentido político y social- y ‘Perestroika’ -reconstrucción, en sentido económico-. El primer concepto fue el clave para el desenlace político. Significaba transformar paulatinamente a la Unión Soviética en un país socialmente más abierto, implantando conceptos claves como la libertad de expresión o la libertad de prensa y un gobierno más transparente y democrático. También, en materia exterior -y aquí lo que más nos interesa para el asunto que estamos tratando- Glásnost -transformado en la ‘Doctrina Sinatra’- consistió en otorgar mayores libertades y autonomía a los gobiernos de los países miembros del Pacto de Varsovia, permitiéndoles tomar sus propios caminos políticos. Esto desató una ola de movilizaciones y pedidos de cambios en varios países, donde destacan países como Polonia, Rumanía o Checoslovaquia.

Estos cambios sociales y políticos tuvieron su punto cúlmine en el convulso y revolucionario año 1989. Polonia fue el primero en dar pasos hacia el abandono del sistema socialista, celebrando sus primeras elecciones, parcialmente libres, el 4 de junio de 1989. A esta ola de cambios se unieron Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria y Rumanía. El gobierno de Honecker, ante los tiempos complejos que se vivían en países aliados, comenzó a temer que ese fervor por el cambio llegara a la RDA. Y no estaba equivocado. Los primeros pedidos de cambios y movilizaciones no se hicieron esperar, teniendo como punto álgido el desfile del cuadragésimo aniversario de la RDA, el 7 de octubre de 1989. Con la presencia de Mijaíl Gorbachov junto a la cúpula del gobierno alemán en el palco de autoridades, miles de manifestantes expusieron consignas y cánticos contra el gobierno, solicitando el fin del régimen y un proceso aperturista.

Celebración del 40° Aniversario de la RDA

Estos hechos propulsaron cambios en la sociedad alemana-oriental que ya parecían no tener retorno. Esto se confirma con los acontecimientos de la noche del 9 de noviembre. En ese momento, el portavoz del comité central del Partido Socialista Unificado Günter Schabowski, se encontraba dando una rueda de prensa. Durante la misma, se le entrega un comunicado que establece que el gobierno permitiría a los alemanes viajar hacia el oeste. Al comunicarlo a los periodistas presentes, la reacción fue de absoluta incredulidad. El desenlace se vería cuando uno de ellos, al consultarle a Schabowski cuándo iba a tener efecto aquella decisión, este responde: “a partir de ahora.” Este error cometido por el portavoz, ya que la idea del gobierno era implementar ese permiso de manera progresiva, desató el descontrol. Decenas de miles de berlineses orientales se dirigieron hacia los pasos fronterizos del muro. Los agentes militares que custodiaba la zona se vieron invadidos por la confusión. Tras varias comunicaciones con los mandos militares y el gobierno, comienzan a abrirse los pasos fronterizos y miles de berlineses comienzan a cruzar libremente hacia el otro lado del muro, por primera vez desde 1961. Tras 29 años de existencia, el muro comenzaba a desaparecer.

Desenlace y ¿reunificación?

El clamor por la reunificación ya era imparable. Durante los siguientes diez meses entre la caída del muro y la reunificación, se llevó a cabo un proceso acelerado para cumplir con el tan ansiado objetivo. El 1 de diciembre de 1989, la Volkskammer -parlamento de la RDA- vota la abolición del artículo primero de la constitución, que consagraba la hegemonía del Partido Socialista Unificado. Como consecuencia, el 3 de diciembre, se produce la renuncia del Politburó. Más tarde, el 6 de diciembre, renuncia el secretario general del PSU, Egon Krenz. Con la renuncia de Krenz, Manfred Gerlach lo sucede en la presidencia del Consejo de Estado. A su vez, a mediados de dicho mes, el PSU cambia de nombre, pasando a ser el Partido del Socialismo Democrático (PSD), eligiendo a Gregor Gysi como secretario general.

Entre diciembre y febrero, el gobierno de Gerlach legalizó un importante grupo de partidos, algunos existentes previamente de forma clandestinas y otros recientemente creados. Varios de estos partidos celebran, el 5 de febrero, una unión electoral clave para el desenlace unitario, constituyendo la coalición Alianza por Alemania, integrada por la Unión Demócrata Cristiana – partido ‘hermano’ de la CDU occidental-, Despertar Democrático y Unión Social Alemana.

Con una Alemania Oriental abierta a la democracia y multipartidista, los ciudadanos fueron convocados a las urnas el 18 de marzo de 1990, para celebrar la primer y última elección libre del país, elección que estuvo marcada por una campaña electoral muy activa, con mítines multitudinarios y la participación de líderes políticos occidentales en la campaña, como el canciller Helmut Kohl (CDU) o el excanciller Willi Brandt (SPD). Con una altísima participación -en torno al 93 por ciento del electorado-, Alianza por Alemania se hizo con la victoria, obteniendo el 48% de los votos y 192 escaños en la Volkskammer, quedándose apenas a 9 escaños de obtener la mayoría absoluta. Lo siguieron el Partido Socialdemócrata -partido ‘hermano’ del SPD occidental- y en tercer lugar el PSD, que apenas pudo captar el apoyo del 16,4% del electorado, tras haber estado cuarenta años en el poder.

Helmut Kohl en un mitin de Alianza por Alemania en la ciudad de Karl-Marx-Stadt (hoy Chemnitz)

El 5 de abril, el recién electo parlamento nombró a Sabine Bergmann-Pohl presidenta de la cámara y a Lothar de Maizière como Primer Ministro, con el apoyo de una gran coalición entre Alianza por Alemania y el SPD. Una de sus primeras medidas fue convocar un marco de negociación multilateral entre la RDA y las anteriores fuerzas ocupantes: Estados Unidos, Reino Unido, Francia y la Unión Soviética, con el fin de alcanzar un acuerdo para la reunificación que contara también con la mediación y el apoyo internacional. A su vez, se estableció una mesa de negociación bilateral entre los gobiernos de las dos Alemanias, integrada también por representantes de diversos partidos políticos de ambos países.

De la mesa de negociación bilateral se aprobaron acuerdos previos a la unificación, que se tradujo en una Unión Económica, Social y Monetaria, que entró en vigor el 1 de julio de 1990. Los pasos hacia la reunificación se continuaron dando a una velocidad ‘record’ y el 23 de agosto de 1990, el parlamento de la RDA aprueba, con mayoría de dos tercios, una ley que declaraba la disolución de la República Democrática Alemana y su incorporación a la República Federal, hecho que sería efectivo el 3 de octubre.

Esta ley se tradujo, el 31 de agosto, en el Einigungsvertrag (Tratado de Reunificación) firmado entre las dos Alemanias. Un par de semanas más tarde, el 12 de septiembre, se firma el ‘Tratado dos más cuatro’ entre las dos Alemanias y las cuatro potencias que ocuparon el territorio en la ciudad de Moscú. Este tratado establece que las cuatro potencias reconocen la unificación, renuncian de forma permanente a sus derechos sobre Alemania, devolviéndose su plena soberanía. También se pacta que la Alemania unificada forme parte de la OTAN, con la condición de prometer a la Unión Soviética que no se desplegarían tropas de la organización en el territorio que pertenecía a la RDA y que la organización no avanzaría más allá de Alemania. Con la firma de ambos tratados y la aprobación de estos por parte de los parlamentos alemanes, se cierra así el proceso de reunificación. El 3 de octubre de 1990, tras 45 años de división, oficialmente vuelve a existir una Alemania unificada.

Celebraciones del 3 de octubre de 1990 en las inmediaciones de la Puerta de Brandemburgo, Berlín.

Sin embargo, a pesar de referirse a este proceso como una reunificación, si se realiza un análisis pormenorizado, este proceso tiene más de anexión. Si bien es entendible el uso del término reunificación como simbolismo de la reunión de un pueblo que vuelve a estar bajo un mismo Estado, en la práctica, la República Democrática Alemana, disminuida debido a las crisis internas y externas del bloque soviético, cede ante su homóloga del oeste y acepta la disolución de su Estado, para incorporarse íntegramente a la República Federal, adoptando su constitución, leyes, sistema político, administrativo y económico. Por lo tanto, la República Federal de Alemania en ningún momento deja de existir, ni modifica en lo más mínimo algún aspecto de su Estado, para dar paso a un nuevo Estado unificado, simplemente absorbe dentro de sí al territorio que antes comprendía la RDA.

 

Consecuencias de la reunificación hoy en día

A pesar de cumplirse ya 30 años de la reunificación alemana, el proceso no ha culminado. Todavía hoy, se siguen contemplando diferencias notorias entre ambos territorios. Incluso los propios ciudadanos lo perciben, según una encuesta realizada por YouGov. En dicha encuesta, el 64% de los alemanes creen que la reunificación aún no ha terminado, porcentaje que aumenta hasta el 83% si tomamos a los ciudadanos de la antigua RDA. Y razón no les falta.

Tal y como reconoció Joschka Fischer, diputado del parlamento de Alemania Occidental durante la reunificación y posteriormente ministro de Relaciones Exteriores, la República Federal subestimó los costes de la reunificación. “La propaganda soviética había calado hasta la médula de los expertos que asesoraban al gobierno y creían que se trataba de fusionar dos Estados más o menos operativos” dijo. “Pero la realidad fue que se encontraron con un territorio económicamente devastado, aparentemente irrecuperable, y que el proceso de unificación ha supuesto un esfuerzo titánico que, sin embargo, ha merecido la pena” agregó.

La realidad es que, al momento de la unificación, mientras la economía del oeste gozaba de muy buena salud, grandes infraestructuras y medios de producción de gran calidad y tecnología, la Alemania oriental era esencialmente lo opuesto. Una economía en ruinas, calles y carreteras en mal estado y fábricas completamente obsoletas -incluso muchas de ellas continuaban estando casi de la misma manera en las que las dejaron los Nazis en 1945, con alguna que otra reforma-. Dentro del apartado económico, los números en los que se encontraban mayores contrastes eran los de PBI, productividad y renta per cápita. En el momento de la unión, en los ‘Länders’ (estados) del este, el PBI per cápita era en promedio, de 9.400 euros anuales, contra los 22.000 euros en los Länders del oeste. Otro gran problema surgió en materia de empleo. Cuando ambos países se unieron y mercado se abrió completamente, las empresas occidentales, más grandes y competitivas, arrasaron con las del este, las cuales en su mayoría pertenecían en su día al Estado y se encontraban prácticamente en la quiebra. De hecho, prácticamente ninguna sobrevivió en los años venideros. Esto trajo como consecuencia el cierre de numerosas fábricas y centro de trabajo en este, disparando notoriamente el desempleo en la región y obligando a muchos alemanes orientales -sobre todo los más jóvenes- a emigrar al oeste en búsqueda de empleo y mejor calidad de vida.

Para paliar estas diferencias, el gobierno alemán respondió a base de gasto público. Se estima que, en la década de 1990, el gobierno central destinó el equivalente a dos billones de euros en subvenciones. La mayor parte de ese dinero -precisamente el 65%- fue destinado a prestaciones sociales -salud, educación, pensiones, subsidios de desempleo, entre otras ayudas-. Otra parte importante de ese dinero invertido -unos 3000 millones de euros- fueron destinados a infraestructuras. También se invirtió en otros incentivos como ‘el dinero de bienvenida’, que consistió en abonar 100 marcos alemanes a cada alemán del este, o el cambio de divisa 1:1 de los marcos del este a marcos alemanes. En un principio, estas medidas generaron un fuerte impacto negativo en la economía alemana, que sufrió de períodos de recesión durante la década de 1990. Sin embargo, el impacto no fue tan fuerte como preveían algunos economistas y para finales de la década, la situación se había normalizado.

A pesar de estas medidas y su relativo éxito, igualmente las diferencias perduran. Hoy en día, la renta per cápita de un alemán del este equivale en promedio a un 79% de la de un occidental, número que no es suficiente para igual siquiera la renta per cápita de la región de Sarre, la más pobre del oeste. En el apartado del desempleo, la brecha continua. Mientras que en las regiones del oeste muy pocas poseen un nivel de desempleo mayor al 7%, la mayoría de las regiones del este registra niveles de desempleo superiores al 10%, lo que genera que, hoy en día, el flujo migratorio siga siendo desfavorable para el este.

Pasando al plano político, allí también se registran claras diferencias. Mientras que en el oeste predomina el voto por formaciones más moderadas como CDU, el SPD o los Verdes, en el este han proliferado formaciones políticas más radicales. En su día, el partido Die Linke, formada por la unión de partidos de izquierda entre los que encontraba el PSD, heredero del Partido Socialista Unificado de la vieja RDA, poseía su mayor feudo de votos en la región oriental. Incluso hoy en día continúa obteniendo mejores resultados en el este con respecto al oeste. También, en las últimas elecciones de 2017, Alternativa por Alemania (AfD), se convirtió en el primer partido de extrema derecha en ingresar al parlamento alemán desde el Partido Nacionalsocialista. Obtuvo el 12,64% de los votos y 94 escaños, convirtiéndose así, en la tercera fuerza política del país. A la hora del desglose de votos, se puede ver claramente la diferencia de adhesión al partido que se dio en el este con respecto al oeste. Mientras que, en el oeste, la formación política obtuvo en promedio, menos del 10% de los votos en la mayoría de las regiones, en el este el promedio se disparó al 16%, consiguiendo el pico en la región de Sajonia, donde el partido consiguió el 27% de los votos, convirtiéndose en el primer partido de la región, levemente por encima de la CDU.

Mítin de Alternativa por Alemania en Wusterhausen (Brandemburgo)

Y así como mencionamos estos dos apartados, podríamos encontrar marcadas diferencias en cuestiones sociales y culturales, incluso hasta en el fútbol, el deporte más popular del país. En la temporada 1991-92, se incorporaron al sistema de ligas profesional de Alemania Federal los equipos de la Oberliga, máxima categoría del fútbol de la RDA. Únicamente dos de ellos ingresaron en la Bundesliga -la máxima categoría-, que fueron el Hansa Rostock y el Dinamo Dresde. El resto de los equipos ingresaron en la segunda y tercera división. Ya en la primera temporada, el Hansa Rostock -histórico equipo del este- descendió a segunda división, mientras que el Dinamo Dresde apenas pudo salvarse, quedando como único representante del grupo de equipos del este en la máxima categoría hasta la temporada 1993-94, cuando el Lokomotive Leipzig se sumó a la Bundesliga tras conseguir el ascenso la anterior temporada. Sin embargo, su estadía sería corta, ya que en esa temporada perdería la categoría. En la temporada siguiente, la 1994-95, perdería también la categoría el Dinamo Dresde -que incluso por problemas económicos, descendió a la Regionalliga, cuarta categoría del fútbol alemán-, siendo este el último equipo proveniente de la liga de la RDA en haber estado en la máxima categoría del fútbol alemán. Desde ese entonces, ninguno ha podido retornar. 

Es evidente que aún existen diferencias, pero en términos globales, podríamos afirmar que la reunificación se ha desarrollado de manera exitosa, y que, sin lugar a duda, ha sido beneficiosa para el pueblo alemán. Así lo perciben los propios alemanes en la encuesta de YouGov mencionada anteriormente, donde el 60% de los alemanes consideran la reunificación una historia de éxito. A su vez, tampoco han surgido, ni al este ni al oeste, ningún movimiento político o social que reivindique la separación de ambos territorios y la vuelta al pasado, señal que demuestra la conformidad de la sociedad con la situación alemana.

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